los lugares, no lugares

 En mi vida he tenido muchos sueños. A menudo la gente me ha dicho que no soy de este mundo: que mi forma de ser, de vestir, de mirar, no parece de aquí. Nunca saben explicar de dónde, ni exactamente qué, pero lo dicen. Y aunque suene extraño, durante mucho tiempo quise ser “normal”.

Hubo una temporada en la que deseé conocer de cerca la filosofía hindú. Ir a la India nunca estuvo dentro de mis posibilidades —aún no sé si sigue siendo ese sueño—, pero sé que amo la filosofía védica. Cuando estuve más cerca de ella, cuando conviví con quienes la habitan, algo se acomodó en mí. Amo, además, su comida (difícil de encontrar en Puebla, por cierto), y cocino con muchas especias como si cada plato fuera un pequeño ritual. Kali es mi guardiana y mi guía.

¿A qué va toda esta reflexión? A que a veces depositamos los sueños en los lugares, cuando en realidad los sueños habitan en nosotros. Y que acercarnos a ellos a través de la cultura —aunque sea en otros contextos— también es una forma de llegar.

Después, la vida me llevó a conectar con Barcelona, justo cuando terminaba la carrera. La música: Love of Lesbian, Russian Red, Nacho Vegas… aquella ola europea de música en español me atravesó. Más tarde, un director me invitó a colaborar en el área de arte; Lyonna, artista increíble, era parte del crew. Muchos años después —quince o más— llegué finalmente a Barcelona. Conocí a Lyonna, ahora en esta segunda visita, nos escribirnos para ver la posibilidad de saludarnos, aquella vez, me abrazó con barbijo y accedió a conocer. a su fan mexicana, hoy más de leona a leona, nos saludamos de vez en vez. Caminé sus calles escuchando canciones sin escucharlas. Me atrapó el invierno, las hojas hibernando en los árboles, el silencio que también dice cosas.

Luego apareció Buenos Aires, ese ideal lleno de matices musicales y afectivos. Un cariño infantil auspiciado por Batistuta: yo tendría unos seis años y ya estaba enamorada del Batigol. Después vinieron Fito Páez, Calamaro… y más tarde la vida me llevó allá, de la mano de una hermana de fuego que me mostró lo hermoso de esa ciudad. Amé. Sigo amando. Y sí, me gustaría vivir ahí un tiempo.

Después, tras convivir con gente de allá, cercana al techno, el sueño se transformó otra vez. De pronto, todo el mundo empezó a “descubrir de dónde venía yo”: Berlín. La cuna del techno. La gente que conocía tenía vínculos con esa ciudad. Yo, cuando vi Berlin Calling, dije: algún día seré DJ. Y lo fui. Con todo y estereotipo.

Me descubrí viviendo Berlín en mi propio Berlín: así le llamé a San Cris. Y ahora quiero ir a descubrirla de forma cercana, aunque sea por un día. No está resultando tan fácil. Incluso estando en Europa, los euros —siempre tan pedagógicos— determinan el tiempo y ponen resistencia.

Me emocioné hablando de Berlín. Pero incluso desde la distancia, si no logro ir ahora, sé que llegaré algún día. Sin tanta prisa. Sin la necesidad de que alguien diga que de ahí soy o que ahí me voy a quedar. Iré cuando el oleaje lo permita. Quizá en este viaje. Quizá en otro.

Y en todo esto recordé a Chicago, sin haber ido nunca, y a mi querida Apryl con su frase perfecta, brutal y liberadora:

Fuck your plans.

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