Ayer entré en dos mundos

Desperté temprano, como siempre, mi cuerpo no negocia con el tiempo y me di un espacio suave: desayunar, ver algo, habitar el descanso sin culpa. Más tarde fui a escuchar a Glafira Rocha, a quien sigo desde hace tiempo. Confirmé algo que intuía: cuando alguien habla desde un proceso vivo, no sólo escuchas, te reconoces. No es admiración, es resonancia. Y en esa resonancia también se acomodan mis propias búsquedas, incluso lo que llevo a mis talleres. 

Después me tocó poner música.

Y ahí cambió todo.

Me encontré con un espacio lleno de voces, pero vacío de escucha. Monólogos cruzados, gente esperando su turno para hablar sin realmente recibir al otro. Como si escuchar ya no fuera parte del acuerdo. Me frustré. Quise irme. Sentí ese pequeño enojo que aparece cuando lo sensible no encuentra lugar.

Pero respiré.

Y entonces hice algo distinto: dejé de intentar escuchar a todos. Elegí. Afiné el oído hacia quienes sí estaban ahí, presentes, disponibles. Y fue suficiente.

Porque entendí algo simple pero incómodo: hoy, que alguien te escuche de verdad es un privilegio.

No es algo masivo.
No es automático.
No es para todos.

Y también entendí otra cosa: yo tampoco estoy aquí para escuchar a todos.

Estoy aquí para quienes saben habitar el silencio, para quienes hacen espacio, para quienes no sólo hablan, sino que también reciben.

Escuchar es un acto íntimo.
Casi artesanal.

Y cuando ocurre, se siente.

Comments

Popular Posts