Estuche

 El estuche

La primera vez que abrí mi cuerpo encontré un estuche.

No había órganos.

Había compartimentos.

En uno dormía una pluma negra. En otro, un botón sin camisa. Más al fondo, un diente de leche que nunca fue mío. Había una fotografía donde aparecía una niña con mi rostro, aunque yo nunca recordé haber usado ese vestido.

Comprendí que el cuerpo era un museo de objetos perdidos.

Entonces busqué la inocencia.

No estaba.

Encontré, en cambio, una etiqueta diminuta que decía: «Solo existe cuando alguien la recuerda.»

La doblé y la guardé en el bolsillo.

Después apareció la cordura. Venía impecablemente peinada, con un reloj que nunca se atrasaba. Se sentó frente a mí sin hacer preguntas.

La locura llegó unos minutos después. Traía las rodillas raspadas, olía a lluvia y alimentaba un cuervo con migas de pan.

Las dos bebieron del mismo vaso.

Ninguna discutió.

Fue entonces cuando entendí que jamás habían sido enemigas. Eran hermanas obligadas a vivir en habitaciones distintas porque los seres humanos necesitábamos inventar puertas para no aceptar que todas las casas son la misma.

Seguí caminando por dentro de mí.

Cada paso dejaba una habitación nueva.

En una, el miedo tejía bufandas para los inviernos que todavía no llegaban.

En otra, la alegría coleccionaba cucharas torcidas porque aseguraba que así sabían mejor las sopas de la infancia.

Más adelante encontré una mujer que lijaba cicatrices hasta volverlas espejos.

—¿Por qué haces eso? —pregunté.

—Porque la gente insiste en mirar el dolor como si fuera una herida. Yo prefiero que se vea reflejada.

No respondió nada más.

En el último cuarto había una mesa vacía.

Sobre ella descansaba un punzón de cristal.

Pensé que servía para herirse.

Pero una voz, que sonaba igual que la mía cuando sueño, dijo:

—No.

Sirve para grabar.

Entonces observé el estuche con atención.

Ninguna marca había nacido del mismo sitio.

Algunas habían sido escritas por el amor.

Otras por la pérdida.

Muchas por el tiempo, que trabaja despacio y nunca firma sus obras.

Comprendí que el cuerpo no pide dolor.

Pide inscripción.

Necesita que algo lo nombre para dejar de ser únicamente carne.

Los árboles se escriben con anillos.

Las piedras con agua.

Las casas con humedad.

Los gatos con el camino de regreso.

Nosotros nos escribimos unos en otros.

Quizá por eso la trascendencia no consiste en permanecer.

Consiste en convertirse, por un instante, en la caligrafía secreta de otro cuerpo.

Cuando cerré el estuche ya no era el mismo.

Pesaba un poco más.

No por las cicatrices.

Sino por todas las vidas que alguien había olvidado dentro de mí.

Desde entonces, cada vez que abrazo a una persona escucho un pequeño clic.

Como si dos estuches intercambiaran, sin darse cuenta, una marca nueva.

Y quizá esa sea la única forma que tiene el universo de recordar que existimos.




Foto: @solotengopecas



Comments

Anonymous said…
uuuuuuaooooo

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